
Existen seres que creen que lo único que existe es la luz. Su forma, es la de una construcción, siempre con la capacidad de cambiar, siempre formas distintas una de la otra. En algunas ocasiones se les dijo que también existía la oscuridad, pero por diversas circunstancias se les olvidó que existía, por no haberla visto. Incluso hay algunos que aún tras haber visto la oscuridad, se olvidaron también de su existencia.
De lo que en verdad no se había dado cuenta ninguno de estos seres, era de que la oscuridad los rodeaba. Sí, como el negro del espacio rodea al globo terráqueo, y como la oscuridad de la noche rodea a una vela que ha sido encendida en medio de la misma, pero que tarde o temprano sucumbe ante el poder de la negrura; así también, dicha oscuridad abrazaba con un manto siniestro las vidas de dichos seres, siempre ejerciendo presión, siempre jugando a tocarlos, siempre esperando el momento adecuado para filtrarse.
De la misma manera en que los antiguos habitantes del mundo ignoraban la oscuridad que rodeaba el planeta en tiempos europeos, así muchos de estos seres ignoraban la realidad de su condición, hasta que llegaba el día fatal. No sé como es que sucedía en realidad pero parecía que dicha oscuridad seleccionaba cuidadosamente su objetivo, seleccionaba un nuevo hogar para vivir. O tal vez, simplemente era un filtro, provocado por la más incomprensible causalidad. Entonces, como se filtra el agua en una grieta en el techo, o como el frío viento se cuela por una rendija abierta, así entraba sin invitación, pero con todo su derecho la oscuridad, a la vida de su objetivo.
Y de la manera en que sucede cuando un ladrón entra a tu casa, así la oscuridad penetraba, a veces sutil y lentamente, pero en las ocasiones más desgraciadas de una manera violenta y voraz, quebrando la mesa nueva, haciendo añicos la foto más querida colgada en la pared, creando mil pedazos a partir de la vajilla que estaba ahí desde el matrimonio de los abuelos.
Lo único que tenían estas construcciones era una chimenea, con un fuego en ella. A veces la entrada de la oscuridad era tan definitiva que incluso de un soplo apagaba dicha hoguera. Era toda una batalla, sí, cuando la oscuridad entraba en su vida el pelear para volver a encender o (suertudo) mantener encendido dicho fuego. La declaración de la oscuridad es simple y a la vez definitiva, como definitivo es que un cuerpo al caer golpee el agua, con un sonido tan ridículo cuando el mismo no sabe que está por caer. Con este nivel de credibilidad la oscuridad abre su boca para decir: “Tarde o temprano el fuego se apagará”.
Así que tras mucha pelea y días y horas de cansancio por mantener la luz encendida, un día el ser se da cuenta que sería mucho más sencillo dejar que el fuego se extinga. Al fin y al cabo, es física, acción y reacción, tarde o temprano mi fuego se va a apagar. Es cierto. La oscuridad parece estar en lo cierto. Y es más cómodo, es tan cómodo. Es más hasta se siente bien. Si dejo que la luz se apague por completo, la destrucción que es iluminada por las llamas que aún quedan me dolerá menos, porque sencillamente la dejaré de ver. Puede incluso, que en algún momento me convenza a mí mismo de que todo lo que siempre existió fue oscuridad.
Y así, la última llama del ser se desvanece, y con ella todo lo que había dentro de su construcción. Todo recuerdo, toda canción albergada, y toda historia. Incluso cada pelea, cada esfuerzo. Ningún otro náufrago del mar de las tinieblas, ningún otro viajero con su esposa a punto de dar a luz, podrá encontrar dicho hogar, en medio de tanta oscuridad.